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    Reflexiones sobre mi vida en Kioto

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    Martes 2 de noviembre de 2010/ Aquí estoy de nuevo, pero a diferencia de las anteriores ocasiones, esta vez no traigo ninguna gran aventura que contar. El pasado fin de semana fue bastante normalito ya que gozamos de una intensa lluvia a cada segundo y las ganas de salir al exterior a llevar a cabo grades hazañas no estaban en su pleno apogeo, así que decidí disfrutar de la tranquilidad que no he tenido hasta ahora, viendo la lluvia caer desde mi cuarto, sentado a la vera del calor de la estufita. Para mí estos momentos tienen también su lado especial. Me encanta esa sensación de estar calentito y abrigado viendo que en el exterior hace frío y llueve. Me tomé un respiro para reflexionar sobre mis dos meses aquí y todas las experiencias vividas hasta la fecha. Han pasado muchas cosas y el tiempo, como de costumbre, se me ha escurrido entre los dedos. No puedo creerme que lleve aquí viviendo casi sesenta días. No he podido evitar recordar todos esos momentos en los que pensaba como sería mi vida en Kioto. Tantas veces han pasado por mi cabeza esas preguntas que no tienen respuesta hasta que no llega el momento de escribirlas por ti mismo ¿Lo conseguiré? ¿Cómo será? ¿A quién conoceré? ¿Me gustará? ¿Volveré huyendo hasta la seguridad de mi casa al poco de estar allí?

    Ahora llevo dos meses y dispongo de muchas de las respuestas que tanto he ansiado. En estos momentos alcanzo a comprender lo que tanta gente me repetía una vez tras otra: “Va a ser una experiencia que no olvidarás nunca”. Es tan cierto que me sobrecoge. Cada segundo se graba a fuego en mi corazón. No puedo creerme que esté aquí tan tranquilo en una habitación de una  machiya en Kioto escribiendo como si nada.

    Un día normal en Kioto

    Hoy, por ejemplo, ha sido un día normal en Kioto en el que me he levantado a primera hora para prepararme uno de mis nutritivos desayunos compuesto a base de huevos revueltos, beicon japonés, zumo, pan y un plátano de postre. He cogido mis tareas hechas del día anterior, orgulloso de poder entregarlas en el plazo y me he montado en mi inseparable compañera de viaje, mi  bicicleta. De camino a la universidad he pasado por el río Kamowaga viendo como las hojas de los cerezos alcanzan un precioso color rojizo a cada día que pasa. En la universidad nos ha dado clase la profesora del martes, siempre diferente a la del miércoles. Al terminar las horas de gramática me he encontrado con una de mis amigas taiwanesas que me ha propuesto ir a comer y, por supuesto, yo he aceptado gustosamente. Hemos estado en un restaurante en el que no había estado anteriormente y después de disfrutar de una entretenida charla, me he ido directo a mi tercera clase. Esta consiste principalmente en practicar las conversaciones más usuales como cuando entramos en una tienda o somos invitados a casa de algún japonés. Vienen muchos voluntarios y siempre conocemos gente nueva, lo que la hace muy entretenida.

     

    Kiyomizu-Dera Kyoto

    De allí he acudido a la puerta de la cafetería para encontrarme con una japonesa que conocí el otro día mientras estudiaba en la biblioteca. Nos hemos tomado un café juntos mientras le enseñaba fotos de España. Después de una hora y media de conversar únicamente en japonés, me he sentado en mi habitual mesa de la biblioteca a hacer mis tareas. Me he acostumbrado a pasar un rato allí estudiando cada día de tal forma que cuando llego a casa ya lo tengo todo hecho y el tiempo que me queda es para mí. Me encanta como está ambientada al estilo inglés. Me siento muy bien cuando estoy allí trabajando.

    De vuelta a casa

    Al salir ya había caído la noche a pesar de que aun eran las seis de la tarde. Ya se nota el otoño porque el frío comienza a apretar. He recorrido la universidad de camino a la bicicleta observando a mi paso los grandes edificios de ladrillo rojizo que la componen. De vuelta a casa he pasado por el mercado para adquirir unas provisiones. Ya soy todo un experto en la compra y me conozco todos los puestecitos, de tal forma que apenas tardo diez minutos en llenar la cesta de la bicicleta. Al llegar a casa me quito los zapatos en el recibidor y paso a mi cuarto con suelo de tatami. Una vez sentado en mi silla sin patas enfrente de la típica mesa baja japonesa, suelo dedicar unos minutos a contestar correos y enviar mensajes con el portátil.
    Cada vez que entro en la cocina me encuentro con alguno de mis compañeros de piso. Estoy muy contento porque todos los residentes de esta casa son buena gente. En especial una pareja con los que tengo una relación estupenda. Yasaka es una japonesa súper agradable que siempre me ayuda con el idioma. Pierre es un tío genial con el que se puede hablar de todo. Es muy atento con ella y me encanta verlos juntos porque son tal para cual. Se respetan mucho mutuamente y la relación que mantienen es algo especial. Sinceramente, me da mucha pena saber que se van en apenas diez días. Yasaka ha estado de vacaciones durante unos días y ha su vuelta ha traído un licor típico de la zona elaborado a base de ciruelas. Ha insistido en invitarnos a probarlo así que hemos pasado un rato muy agradable en la cocina hablando y bebiendo esta especie de vino con un sabor dulce y suave que me ha encantado.
    Este es el ejemplo de uno de mis días normales en Kioto. Algo totalmente diferente a lo que solía hacer en España pero que después de tan solo dos meses en Japón, ya me parece algo normal.

    Antes de llegar a Japón me preguntaba ¿Cómo será mi vida en Kioto? Bueno, ahora ya lo sé. Yo mismo la estoy escribiendo.

     

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    Marcoshttps://www.descubriendojapon.com
    Durante ocho años perseguí el sueño de vivir en Japón y después de mucho esfuerzo pude hacer la maleta e irme a estudiar a la Doshisha University de Kyoto. Allí profundicé durante más de 3 años en el conocimiento de la lengua y la cultura japonesa. Desde entonces, mi vida ha estado siempre ligada a Japón. Soy un aficionado a descubrir nuevos rincones todavía sin explorar.

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