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    Sacándole partido a mi año en Japón en el templo de Chion-in

    Inicio Diario de un Descubridor Sacándole partido a mi año en Japón en el templo de Chion-in

    DIARIO DE UN DESCUBRIDOR. Martes 16 de noviembre de 2010/ Este fin de semana también ha sido completito. El sábado por la noche quedé con unos amigos de clase para ir a ver el templo de Chion-in. Por lo visto, en otoño programan iluminaciones para disfrutar de los colores de los arces. Montan cientos de focos bajo el manto oscuro de la noche y hacen relucir las hojas estrelladas del momiji. Es un espectáculo del que ya había oído hablar, así que fue un buen momento para ir a comprobar si era tan bonito como decían.

    La noche en el templo de Chion-in

    Este templo dispone de un pabellón central increíblemente grande. Posiblemente el mayor que haya visto hasta la fecha. Dentro de él se encuentra un altar budista decorado hasta el último detalle. Había una gran cantidad de velitas y lámparas japonesas por todos lados. La gente se sentaba enfrente del altar y se quedaba allí inmóvil disfrutando de la tranquilidad y la serenidad que se palpaba en el aire. La verdad es que el ambiente era muy bueno: todo a oscuras excepto por las pequeñas luces de las lamparitas que, aunque había muchas, iluminaban lo justo y necesario. En el centro había una mesa con tres recipientes de barro en los que ardía una especie de incienso. Los japoneses se acercaban con mucha tranquilidad y se sentaban en seiza (esta es la típica forma oriental de sentarse en la que apoyan las rodillas y las espinillas en el suelo y luego te sientas sobre ellas) delante de uno de estos recipientes. Dentro de ellos, echaban un poco más de incienso en polvo que había al pie de cada uno. Luego rezaban y pasados unos segundos se retiraban sigilosamente. Me pareció muy bonito un momento en el que un japonés llegó con su hijo y le enseñó a hacer el ritual. El niño era muy pequeño, pero estaba tan callado como el resto de los presentes. Con sus pequeños deditos cogía un poco de incienso y lo vertía en el cuenco. Daba la impresión de que de verdad comprendía el significado de lo que estaba haciendo.

    Templo de Chion-in en Kioto

    Una cena en un yakitori

    Después del templo nos fuimos a buscar un lugar donde cenar. Al final, por diferencias en las preferencias a la hora de seleccionar el lugar, acabamos separándonos. Yo me fui con mi amiga Roni (la chica de Israel que va a mi clase) y entramos en un restaurante de yakitori un poco más caro de lo que a mi me hubiera gustado. De todas formas, una vez allí solo te queda decir: “Bueno, es sábado. ¡Vamos a hacer un exceso!”

    Como solo éramos dos, nos sentamos en la barra y tengo decir que me pareció genial porque te sientas más cerca y se genera un ambiente muy agradable. Como no tienes la separación de la mesa, la conversación se hace más fluida. Además, las barras de Japón están muy bien pensadas para que tengas tu intimidad, ya que es muy frecuente que las parejas las utilicen. Los camareros que hay detrás de la barra, están como un escalón por encima, por lo que no te cruzas las miradas con ellos. Esto, parece que no, pero te da un poco más de espacio.

    Un picnic en el río Kamogawa

    El domingo por la mañana cumplí una ilusión que tenía en mente desde que llegué a Kioto. Como el río me pilla de camino a la universidad, paso mucho por allí. Varias veces he visto a parejas haciendo un picnic en los banquitos que hay a orillas del río mientras contemplan el agua pasando a escasos metros de distancia. He tenido ganas de hacer lo mismo desde la primera vez que me fijé. Solo me faltaba la chica. Así que aprovechando que ya llevo un tiempo aquí y tengo varias amigas, quedé con Midori (una de las chicas a las que le preparé una tortilla de patatas) para comer algo en el río a eso de las 12. Yo salí un poco antes de casa y me pasé por una tienda que ya tenía fichada en la que preparaban bentos de sushi. Allí compré un combo de maguro o más comúnmente conocido en España como atún rojo. Luego, en la tienda de dangos (postre típico japonés) compré cuatro brochetitas recién sacadas del horno y un par de botellas de agua.

    Nos sentamos en mi banco preferido y nos comimos todo lo que había comprado mientras practicaba con ella en japonés. Aunque es taiwanesa, su nivel es bastante mejor que el mío, así que me estuvo enseñando bastante. A su vez, ella está estudiando inglés y yo le estuve ayudando un poco con la pronunciación de algunas palabras. La verdad que pasamos un rato bastante entretenido. Recordaré bien ese momento con el sushi entre mis palillos, las bolitas de dango esperando para ser degustadas y el río Kamogawa de fondo tal y como lo había imaginado en varias ocasiones.

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    Marcoshttps://www.descubriendojapon.com
    Durante ocho años perseguí el sueño de vivir en Japón y después de mucho esfuerzo pude hacer la maleta e irme a estudiar a la Doshisha University de Kyoto. Allí profundicé durante más de 3 años en el conocimiento de la lengua y la cultura japonesa. Desde entonces, mi vida ha estado siempre ligada a Japón. Soy un aficionado a descubrir nuevos rincones todavía sin explorar.

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