Una fiesta japonesa de 12 horas

DIARIO DE UN DESCUBRIDOR. Domingo 16 de Enero de 2011/ Ya es domingo por la noche y el fin de semana está a punto de acabar. Que lástima… Encima los días que se avecinan van a ser largos y pesados, con buenas sesiones de estudio y exámenes sin parar. Ya me estoy estresando solo de pensarlo. Pero bueno, habrá que darlo todo en la recta final del curso. Menos mal que antes de que la tormenta perfecta llegara, aproveché para participar en una fiesta japonesa de las que hacen historia. Resulta que dentro de poco cinco de los miembros del club de kárate van a graduarse en la universidad. Por lo visto, es una costumbre que todos vayan a celebrarlo organizando un evento especial con una cena en un restaurante tradicional japonés y luego visitar varios locales en los que seguir bebiendo y comiendo hasta la saciedad. Cuando me preguntaron si yo también quería asistir, no dudé en asentir con la cabeza sin ni siquiera preguntar cuánto dinero me iba a costar el evento. Me apunté a la movida y dos días antes me enteré de que tenía que desembolsar la astronómica cantidad de 100 € para cubrir la comida y la bebida que íbamos a tomar a lo largo de la noche. Ha sido un buen palo para mi bolsillo, pero en realidad no me arrepiento de haberlos pagado porque esta fiesta ya ha pasado a formar parte de la lista de grandes recuerdos de mi vida.

Todos iban vestidos con traje y yo, como no tenía, tuve que vestirme lo más elegante que pude e intentar no desentonar mucho. Fuimos a un restaurante ubicado en la zona de Gion, de esos en los que te quitas los zapatos y te hacen pasar a una gran habitación con suelo de tatami. Había tres mesas ya bien preparadas con la comida y los cubiertos. Todo estaba decorado de forma exquisita y la atmósfera del local era inmejorable.

Mesa en el restaurante de Gion

Las costumbres en una fiesta japonesa

Esa noche pude experimentar muchas de las costumbres japonesas que tanto me llaman la atención como, por ejemplo, que todos los miembros del club quedáramos en un lugar pactado para ir al restaurante a una hora mientras que los altos grados y el maestro vinieron directamente al restaurante un poco más tarde. Cada vez que entraba uno de ellos, todos nos levantábamos apresuradamente para saludarlo con reverencias. Nos manteníamos de pie hasta que la persona en cuestión se sentaba. Pues, esto lo hicimos como unas siete veces. Cada dos por tres, todos a levantarse y a saludar.

Otra costumbre es la de brindar. Los japoneses nunca empiezan a comer si no han brindado antes. Y uno de los aspectos curiosos del brindis es que pretenden chocar la copa con absolutamente todo el mundo. En cenas como la de ayer en la que por lo menos éramos 27 personas imaginaros el caos que se montó cuando todos se pusieron a ir de aquí para allá con el fin de no dejarse a nadie. Una muestra de respeto a la hora de chocar las copas consiste en bajar un poco más la tuya para que la suya quede por encima. Lo que pasa es que cuando la otra persona se da cuenta, también la baja y se convierte en una competición de a ver quien la baja más. Todo un espectáculo al estilo nipón.

A mitad de cena llegó el momento de los discursos. Para mostrar respeto a los que muy amablemente ofrecen sus palabras es costumbre ponerse en posición seiza (una postura en la que te sientas sobre tus rodillas). Te quedas así hasta que alguno de los que está hablando te ofrezca la posibilidad de ponerte en una postura más cómoda. Si esto no sucede, permaneces ahí aguantando hasta el final. Yo no sé cuánto tiempo estuvimos, pero lo que sí sé es que casi me muero. Ya había dejado de tratar de entender lo que decían porque lo único que podía hacer era desear una y otra vez que se acabara pronto. La postura seiza castiga mucho las rodillas y poco a poco la incomodidad se convierte en dolor. Cuando, por fin, nos permitieron cambiar la postura, fue como ascender al cielo.

La cena: delicioso suriyaki

La cena de ayer consintió en comer sukiyaki. Me vino de perlas porque ese era uno de los platos que todavía me faltaba por probar y no creo que hubiera un momento mejor para hacerlo. El sukiyaki es como un nabe normal (estofado japonés) solo que, en un cuenco, te ponen un huevo crudo. Con los palillos lo bates hasta conseguir un color amarillo uniforme. Cada vez que te sirves algo de la olla, lo metes dentro del cuenco y lo mezclas con el huevo. Esto lo que hace es proporcionarle un sabor mucho más intenso a la comida. La verdad que, a pesar de que al principio me daba un poco de repelús mezclarlo todo con un huevo crudo, el resultado final es más que satisfactorio. Solo puedo decir que me quedé encantado con la comida.

 

Cambio de sitio y a confraternizar

La cena fue un momento perfecto para profundizar la amistad con todos los compañeros del club. Lo bueno de este tipo de habitaciones japonesas es que, a lo largo de la cena, la gente se va moviendo de un sitio a otro de tal forma que no estás todo el tiempo sentado con los mismos. Así vas hablando con uno y con otro y la velada se hace mucho más divertida. Este es un concepto muy japonés que en España no he visto hacer.

Como también es habitual, la cena contaba con barra libre de bebidas por lo que durante todo el tiempo que estuvimos allí, no paramos de beber cerveza. No me acuerdo exactamente a qué hora terminamos, pero creo que fue bastante tarde. Por lo que el nivel de alcohol en sangre fue subiendo hasta el punto en el que la timidez japonesa se desvaneció y allí todo el mundo reía y hacía el tonto como el que más. ¡Fue muy divertido!

Esta fiesta fue mucho más larga de lo que imaginaba. Quedamos a las 18:00 y terminamos a las 6:00 de la madrugada. 12 horas completas sin parar de hablar japonés pueden acabar con el cerebro de cualquier extranjero que se precie. Hasta ahora solo he hablado de la primera mitad, pero en la siguiente entrada, contaré el resto. Ya os puedo decir, que no tiene desperdicio. ¡Nos vemos la semana que viene!

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Una fiesta japonesa de 12 horas
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Sobre Marcos

Marcos
Durante ocho años perseguí el sueño de vivir en Japón y después de mucho esfuerzo pude hacer la maleta e irme a estudiar a la Doshisha University de Kyoto. Allí profundicé durante más de 3 años en el conocimiento de la lengua y la cultura japonesa. Desde entonces, mi vida ha estado siempre ligada a Japón. Soy un aficionado a descubrir nuevos rincones todavía sin explorar.

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